Lo he manifestado en otras ocasiones, este viaje por las fantásticas capitales imperiales no he querido hacerlo de una atacada. Viena, Budapest y Praga me parecían tan tremendamente sugerentes que he querido visitar a cada una por separado y de esta manera poder dedicarles un poco más de tiempo. Viajar por el centro de Europa es recorrer el viejo Imperio Austro-húngaro, el de los Habsburgo, desaparecido hace poco más de un centenar de años. Ciertamente parecen distintos pueblos , la lengua marca esencialmente las diferencias. El checo, es una lengua eslava, emparentada con el eslovaco o polaco, y muy diferente del húngaro o del alemán, y difícil de aprender según me contaron.
La República Checa tiene algo más de diez millones y medio de habitantes y una superficie similar a la de Portugal.
Bohemia , Moravia y Rutenia son las regiones que conforman este estado que comenzó su andadura junto a Eslovaquia, formando ambas la República Checoslovaca tras la Primera Guerra Mundial.
Esta naciente república duró poco, ya que en la zona checa de los Sudetes vivía población de habla germana, de todos es sabido que eso les hacía formar parte de ese "espacio vital" o Anschluss que ambicionaba Hitler y que se acabaría anexionando en 1938 con la aquiescencia de las potencias europeas. Los eslovacos declararon en ese momento su independencia y Chequia pasó a formar parte del III Reich.
Tras la Segunda Guerra Mundial, cayó al otro lado del telón de acero y pasó a ser una república socialista satélite de la URSS, así pues de oca a oca... En 1968 el primer ministro checo Dubcek intentó sacudirse el yugo soviético en la llamada Primavera de Praga, movimiento duramente reprimido y cuya imagen ha quedado fijada en la historia con los tanques soviéticos desplegados por la ciudad.
Imperio tras imperio han ocupado estas tierras desde hace siglos, por eso los Checos, como otros pequeños estados del centro de Europa son tan recelosos de su independencia. Y como he contado en otras ocasiones la Unión Europea es para ellos un "quiero y no quiero": sí a la prosperidad económica que pueda traerles, pero claro, la cesión de soberanía que supone les provoca muchos recelos.
Pero vamos a meternos en materia y contar el viaje en sí. Es uno de los viajes culturales ofertados por la Comunidad de Madrid para mayores de 55. El precio es más o menos el de cualquier agencia, pero aquí llevas incluidas comidas, guías, autobús y entradas. Con lo cual sí que creo que te ahorras un dinero.
Desde que llegas al aeropuerto hasta que regresas, llevas una guía, en este caso Elisabeta, una ucraniana la mar de eficiente que hizo un trabajo fantástico.
Salimos el día 12 de octubre, llegamos al hotel, dejamos las maletas y nos acompañó a comer a un restaurante del centro, The dock, a donde volveríamos el último día.
Para esta primera toma de contacto tuvimos la tarde libre. Yo tardé un poquillo en orientarme porque no encontraba nada que me sirviera de referencia, hasta que llegamos al río y en ese momento sentí que me hacía con la ciudad.
Tomamos café y un canutillo de esos típicos del lugar. Junto al Moldava comenzamos a caminar, desde el Puente Jiráskuv, frente al que se encuentra la Casa Danzante, hasta el Puente de Carlos.
Así pues el primer icono de la ciudad que fotografiamos fue esta arquitectura contemporánea diseñada por un arquitecto checo con la colaboración de Frank Gehry. Fue inaugurada en 1996 y se ha convertido en uno de los edificios más fotografiados de Praga.
Seguimos caminando junto al río hacía el puente de las Legiones y finalmente hasta el de Carlos, observando el río y los preciosos edificios iluminados a esta hora de la tarde por una fantástica luz dorada.
El puente de Carlos está siempre a tente bonete, pintores haciendo retratos, pequeños puestos de bisutería y mucha, mucha gente haciéndose fotos junto a la treintena de grupos escultóricos que decoran el pretil. No sé por qué, pero hay una Piedad de lo más demandada, no hay quién se arrime.
De vuelta al hotel pasamos a ver la Cabeza de Frank Kafka, escultura en movimiento del famoso y controvertido escultor checo David Cerny. Sus obras son otro atractivo más de la ciudad, pudimos ver algunas más en los días sucesivos.
Esta cabeza, construida con paneles móviles, cambia con la luz de las distintas horas del día y emite reflejos luminosos. Quizás tenga algún significado relacionado con lo cambiante de la realidad. Pero bueno... cualquiera sabe qué pasó por la cabeza de ese hombre, mejor dicho de esos hombres, me refiero al escultor y al propio Kafka😉.
Lo que pienso es que los checos son un tanto filosóficos, pensemos en Kafka, Kundera o el mismo Cerny, bueno sólo es una impresión, así de primeras.
Como el paseo hasta el hotel se me hizo largo el día lo rematamos con una cervecita. Este dorado líquido es fantástico aquí, es la bebida por excelencia del país, suave, te la ponen con espumita, riquísima y no es cara.
Cenamos todas las noches en un restaurante junto al hotel. Te ponen tres platos: de primero suelen ser cremas o ensaladas; de segundo, pollo o cerdo acompañado normalmente por patatas guisadas de diferentes maneras, y de postre, sin fruta, siempre algo de tipo bizcocho.
La bebida va aparte, te la pagas; además de la cerveza, los vinos del país también son buenos.
El martes 13 de octubre el día fue duro, ya que había visita guiada mañana y tarde.
Comenzamos en Malá Strana, el barrio al otro lado del Moldava y a los pies del castillo.
Nos haría de guía local Jimena, una colombiana que emanaba erudición y se movía de tema a tema como pez en el agua.
Comenzó por los edificios gubernamentales, como los jardines del Senado, y caminamos hacia la Plaza en la que se encuentra la iglesia de San Nicolás. No entramos (volveríamos en otro momento), pero sí pasamos al interior de la iglesia de Santa María de la Victoria donde se encuentra el milagrosísimo Niño Jesús de Praga (yo sigo esperando el milagro).
De toda esta Praga Barroca y de la charla de Jimena sacamos en conclusión que se les ha querido imponer a los checos el catolicismo. Para ello, desde el emperador Carlos IV a la emperatriz María Teresa, encargaron suntuosas iglesias para llamar a la devoción. Pero no son los checos amigos de la imposición y se han ido resistiendo, siendo uno de los países de Centroeuropa en los cuales más ciudadanos se declaran no creyentes.
Sus barroquísimos templos tienen dos funciones primordiales: ser reclamo para el turismo y ofrecer conciertos. A lo que parece, debe haberlos muy a menudo, pues siempre encontrábamos a alguien vendiendo entradas.
Siguiendo los pasos de Jimena encontramos otro lugar icónico de la ciudad: el muro de Jhon Lenon, donde hay que hacerse una foto sí o sí si presumes de pacifista, como es mi caso.
Paseando junto a un canal llegamos de nuevo al puente de Carlos para cruzar el río camino de la ciudad vieja o Stare Mesto, su nombre en checo.
Para llegar atravesamos un antiguo monasterio llamado Klementium, donde hay una preciosa biblioteca antigua que no hemos podido ver. Te recomiendo que saques entradas antes de viajar.
Llegamos así a la Plaza vieja. Hay tanta, tanta gente que del antiguo Reloj Astronómico no sacas mucho en conclusión. Allí se encuentran otras iglesias: San Nicolás y Santa María del Týn.
En el centro hallamos un conjunto escultórico dedicado a Jan Hus, reformador y mártir checo que fue quemado en la hoguera en 1415, antes de la Reforma de Lutero, convirtiéndose en un símbolo para la nación checa.
Tras comer por esa zona del centro, nos recogió el bus para subirnos al Castillo y hacer otra visita por la tarde.
En Europa, el concepto de castillo suele ser diferente al de una simple fortaleza: aquí hablamos de una auténtica ciudadela amurallada que alberga una variedad increíble de edificaciones en su interior. En el caso de Praga, el recinto incluye desde sedes gubernamentales y la impresionante catedral de San Vito hasta el pintoresco Callejón del Oro, famoso por sus pequeñas casitas de colores que en su día ocuparon los guardias y empleados de la ciudadela.
La catedral de San Vito es una auténtica joya gótica, aunque lo sorprendente es que solo se construyó en parte durante la época medieval. El templo quedó inacabado durante casi 600 años y no se finalizó e inauguró oficialmente hasta 1929.
Como toda fortaleza está en una colina, lo que nos permitió acabar la visita en un mirador con unas vistas de postal.
El miércoles 14 de octubre, después de desayunar y coger fuerzas, asistimos a otra visita guiada, en esta ocasión al barrio judío.
El caminar por estas calles es todo un placer pues está repleto de edificios Art Nouveau, historicistas y Art Decó espectaculares. Además en la ciudad se conservan varias sinagogas; recordemos que Praga no fue bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que gran parte del patrimonio antiguo se mantiene completamente intacto.
Nosotros visitamos la Sinagoga Vieja-Nueva, de un enorme valor histórico, y la Sinagoga Española, llamada así por su espectacular decoración neomorisca.
A la puerta de esta última encontramos la famosa escultura dedicada a Franz Kafka, en la que aparece subido a hombros de un traje vacío y sin cabeza. Es una obra del escultor Jaroslav Róna que, sin duda, te deja meditando sobre su verdadero significado.
Resultó especialmente emotivo el paseo que nos dimos por las lápidas del Viejo Cementerio Judío. Allí, Jimena nos mostró las tumbas de algunos personajes clave de la comunidad mientras intentábamos descifrar y comprender la rica simbología de sus grabados.
De camino a la Plaza de San Wenceslao, atravesando todo el casco antiguo, pasamos por algunas construcciones destacadas, como las torres medievales que hacían de antiguas puertas en el recinto amurallado; es el caso de la imponente Torre de la Pólvora. También paramos junto a la Casa Municipal (Obecní dům), un precioso edificio de estilo Art Nouveau.
Desde aquí, fuimos directo a comer, tomar la preceptiva cervecita y recuperar fuerzas. Había excursión opcional por la tarde, pero nosotras preferimos tomarnos unas horas libres.
Charo y yo decidimos pasear con calma y detenernos en los lugares que más nos habían llamado la atención, y se nos unió otra compañera de viaje de lo más agradable.
En primer lugar visitamos la Galería Lucerna, donde se encuentra otra particular escultura que es toda una parodia del patrón de la nación: un San Wenceslao montado sobre la panza de un caballo colgado del techo por las cuatro patas y boca abajo.
Volvimos de nuevo a la Plaza de la Ciudad Vieja, entramos a visitar las iglesias de Nuestra Señora de Týn y San Nicolás, y terminamos la tarde tomando un reconfortante café en una terracita.
La tarde la dedicamos a pasear sin prisas por el encantador barrio de Malá Strana, donde visitamos también la espectacular Iglesia de San Nicolás situada a este lado del río.
La verdad es que el barroquismo de todos los templos visitados resulta apabullante, completamente excesivo y fiel reflejo de la Iglesia triunfante salida de la Contrarreforma; aunque, como ya comenté, parece que aquello no terminó de encajar con el particular «alma checa». Terminamos la tarde tomando un Aperol en una placita de este barrio recoleto y un punto alternativo.
El jueves 15 de octubre, tras felicitar a nuestras queridas amigas Teresas, pusimos rumbo a la ciudad balneario de Karlovy Vary. Fue fundada por el emperador Carlos IV en el siglo XIV en torno a sus famosos manantiales termales. En la actualidad hay trece fuentes principales (y otras menores) donde los visitantes recogen el agua para beber y lavarse; yo preferí mojarme las manos en alguna de ellas, pero como el agua sale a más de 70 °C, mejor ni probar bocado, no fuera a ser que...
Las estructuras que albergan estos manantiales son espectaculares: unas de forja blanca y estilo modernista, otras de corte neorrenacentista que simulan una estoa griega. En definitiva, un paseo por espacios de lo más fotogénicos.
Hay muchos hoteles con piscinas y spas —algunos verdaderamente lujosos, como el Grandhotel Pupp— que se extienden a lo largo de un paseo junto al río de lo más evocador. Resulta inevitable trasladarte con la imaginación a la Belle Époque e imaginarte (eso sí, podrida de dinero) en ese entorno de lujo entre piscinas, casinos y teatros bailando un buen charlestón 🙃. Tuvimos un buen rato para disfrutar de estas ensoñaciones antes de comer y emprender el regreso por la tarde hacia Praga.
El viernes 16 de octubre era nuestro día de regreso, pero aún disponíamos de la mañana libre antes de poner rumbo al aeropuerto.
Hicimos un último intento de visitar la biblioteca del Klementinum, pero de nuevo fracasamos.
Optamos por subir a la torre del Ayuntamiento de la Ciudad Vieja, donde se encuentra el famoso Reloj Astronómico. Las vistas desde arriba son espectaculares y, afortunadamente, pudimos disfrutar del panorama sin agobios, ya que no había tanta gente como me temía. ¡Hicimos fotos desde todos los ángulos posibles!
Desde allí, paseamos de nuevo hasta el Puente de Carlos, que atravesamos por última vez con toda la calma camino de nuestro barrio favorito. En esta ocasión caminamos hasta el Museo Kampa; aunque no entramos, justo al lado encontramos otro llamativo grupo escultórico de David Černý: «Los Bebés» (Babies). Resultan tremendamente inquietantes con su cara atravesada por un código de barras que, como de costumbre con este autor, te deja meditando sobre su posible significado.
Finalmente topamos con una agradable terraza junto al río, desde la que se observa la curiosa y colorida fila de los pingüinos amarillos de la isla de Kampa.
Era una preciosa mañana soleada de mediados de octubre. Lo mejor era disfrutar de un buen aperitivo junto al Moldava que nos permitiera despedirnos tranquilamente de esta fantástica ciudad imperial: la actual capital de la República Checa, la cuna de la cerveza Pilsner y los Škoda; la tierra de la música clásica, de los escultores inquietantes y de los literatos filosóficos.
Muy, muy interesante y recomendable viajar a Chequia, la verdad, 😊.