viernes, 21 de agosto de 2026

LA COSTA BRAVA

Mucho viajar por el mundo pero no conocía la Costa Brava, sólo había pasado por allí con 20 añitos de camino a Italia en la excursión del "paso del ecuador" cuando estaba estudiando en Salamanca.


Recordaba muy pocas cosas, dormir en Tossa de Mar a la ida y a la vuelta, porque por difícil que parezca creerlo hoy en día, a mediados de los ochenta del pasado siglo viajar en avión era muy caro para el común de los mortales, más si una era estudiante y tiraba del bolsillo paterno al que no queríamos castigar más de lo necesario y en consecuencia a Italia se iba en bus.

Era el mes de marzo y recordaba haber estado con mis amigos esperando la noche junto a un castillo, echándonos unas buenas risas. También recordaba ver el mar por entre los pinos desde la ventanilla del bus.
Y más o menos es eso lo que me he encontrado una costa repleta de vegetación y un precioso mar azul. 

Tossa es muy parecido a lo que recordaba,  un antiguo pueblo medieval, protegido por una espectacular muralla. A pesar de ser primeros de junio había un ambiente muy animado. Muchos extranjeros, sobre todo franceses, y muchos grupos de estudiantes.

Los primeros días del viaje nos alojamos en Lloret de Mar, donde los huéspedes eran o muy mayores o muy jóvenes,  montones de excursiones de fin de curso, con la alegría propia de la juventud que animaban playas y paseos cada noche. 
Dedicamos algunos días a la playa, pero otros dos salimos a ver pueblos.

Empezamos por Peratallada, Pals y Begur.
Son preciosos pueblos medievales, muy bien conservados, con casas antiguas y calles empedradas. Como además tuvimos la fortuna de llegar al final de la primavera estaban todos llenos de flores, las enredaderas y las buganvillas de las fachadas hacían de cada rincón una posible foto Instagram.

Todo muy limpio y arreglado, en fin que nos encantaron estos pueblos de tan coquetos y cuidados.


Otro día decidimos seguir viajando por los antiguos Condados catalanes, y bien digo, ya que visitamos Gerona y Besalú, donde  a día de hoy no tienes más que pasear por sus calles para darte cuenta de que ahí hay mucha Historia atesorada. 

La capital de provincia, Gerona, es una antigua villa que conserva su impronta medieval, sobre todo en sus alargadas y estrechas calles y en esos callejones llenos de escalones que fue en otros tiempos el barrio judío y donde me dejé "la escasa fuerza de mis piernas", y es que a pesar del esfuerzo por subir no pude ver la catedral, parece ser que estaban rodando alguna serie o documental, ya es mala suerte para una vez que voy. 

Lo que sí visitamos fue la zona de coloridas fachadas que se reflejan en el río  Onyar, un espectáculo.  Pero he de señalar que muchas de esas casas dan sensación de estarse deteriorando, los pisos bajos son bares o restaurantes, pero yo diría que en los de arriba apenas vive gente.

Le comentaba a mí compañero de viaje que yo tenía conocimiento de la existencia de ese enclave desde los 16 o 17 años,  momento en el que leí la famosa trilogía de José María Gironella sobre la Guerra Civil. En el primer volumen, "Los cipreses creen en Dios",  la protagonista  Carmen Elgazu, una vasca que vive en Gerona, se asoma desde una de estas ventanas. Debió ser una imagen tan potente que había quedado en mi memoria aun sin haber visitado el lugar.

De aquí nos marchamos a Besalú, otra villa medieval con espectacular puente sobre el río Fluviá, que hay que atravesar para entrar a la población en la que uno se imagina llegando a galope a los caballeros del conde, después de haberse peleado con moros o cristianos de conde rival.

Yo quería mi foto Instagram accediendo a la villa por el puente, pero no fue posible, había tantos turistas que mi compañero perdió la paciencia. 

Nos quedamos sin ver el universo Dalí, Figueres, Port Lligat, Cadaqués, no hubo tiempo, la siguiente vez. Así como la vistosa Ampuria Brava y Rosas. No importa, así tenemos pretexto para volver.😊

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